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San Juan María Vianney

4 de Agosto: Memoria Litúrgica de San Juan maría vianney

Santo Patrono de los Sacerdotes de los Últimos Tiempos

Un cura de aldea

Un pobre cura tan poco dotado intelectualmente que aún sus superiores dudaron permitirle ascender a las Ordenes. Le negaron por mucho tiempo el oficio de confesar y después le enviaron a una parroquia de las más, pequeñas y de las más pobres de la Diócesis de Lyon. De aspecto tan enclenque y de aire tan campesino que sus feligreses, que no eran exigentes, no se mostraron muy contentos. De memoria tan rebelde, que le eran necesarias siete u ocho horas de esfuerzos para aprenderse sus sermones. De una pobreza tan extrema que no tenia más que una sotana raída, un sombrero viejo, zapatos burdos claveteados, y que por toda herencia no pudo dejar a su parroquia más que su cuerpo extenuado por los ayunos, las disciplinas y el Cilicio.
LA CONVERSIÓN DE UNA PARROQUIA.
Y sin embargo de eso, este pobre sacerdote haría que pronto se hablara de él. Al enviarle a Ars, el Vi- cario General le dijo: «No hay mucho amor de Dios en esa parroquia. Implántale tú, si puedes.» Nunca fué observada mejor una consigna. Mas esto no sucedió sin sufrimientos. Y más tarde el santo cura dirá: «Si yo hubiese sabido lo que debía sufrir aquí, hubiera muerto repentinamente.» No perdonó nada para alcanzar de Dios la conversión de su parroquia. Se levantaba a la una o a las dos de la mañana, y pasaba una gran parte del día ante el Santísimo Sacramento; todas las tardes se daba disciplina hasta derramar sangre; jamás usaba de calefacción; su caridad le llevaba hacia todas las miserias de las almas a él confiadas, hacia los enfermos a quien el reconfortaba y salvaba.

Sus feligreses debieron pronto reconocer los méritos del cura que la Providencia les había enviado. Cuando le vieron transfigurado en el altar en que celebraba el Santo Sacrificio, cuando oyeron sus sermones muy sencillos, pero ardientes de amor de Dios y más todavía sus catequesis que ilustraba tanto a los grandes como a los más pequeños. Cuando se dieron cuenta de las mortificaciones, que se imponía por ellos. Cuando oyeron al demonio perseguirle, su estima aumentó y no tardaron en proclamar su santidad.
CONVERSIÓN DE LAS MULTITUDES.
Su fama se extendió pronto por doquier y pronto las muchedumbres se agolpaban para ver a aquel cura que leía en las almas, predecía el futuro, curaba a los enfermos y tranquilizaba a las conciencias dándolas la luz y el perdón de parte de Dios. Mientras que en la otra extremidad de la diócesis de Belley, en otra aldea llamada Ferney, se veía a algunos admiradores esforzarse por sostener el prestigio de Voltaire. Las muchedumbres cansadas ya de tanta duda, corrían hacia un humilde sacerdote, hacia una pobre aldea, hasta entonces desconocida, y allí comenzaban de nuevo a creer, esperar y amar. Dios realizaba una vez más la palabra del Apóstol San Pablo: «confundía con la necedad de la cruz la sabiduría de los sabios». Durante muchos años hubo un afluir de gente hacia Ars, comparable al que, en la Edad Media, conducía a las muchedumbres hacia los santuarios más renombrados.
Fácilmente se puede imaginar uno la fatiga, el martirio que causaría al santo sacerdote una tal afluencia, las 17 horas pasadas cada día en el confesonario, el ayuno y las maceraciones. Hasta la tarde del 29 de Julio de 1859 continuó su ministerio sobrehumano. Por fin se vió obligado a quedarse en cama para no levantarse más. Los peregrinos forzaron la entrada de su habitación, y él, con valor heroico, prodigó sus bendiciones, sus consejos y sus absoluciones. Finalmente, en la mañana del 4 de Agosto se durmió en dulce paz, obedeciendo alegre al Señor que le llamaba para la recompensa.
VIDA.
S. Juan María-Vianney nació en Dardilly, cerca de Lyon, el 8 de Mayo de 1786. Muy joven todavía aprovechaba del trabajo de los campos o de la guarda de las ovejas para pasar largas horas en el recogimiento y la oración. Gustaba reunir junto a sí a los niños de su edad y les enseñaba a amar a Dios y a rezar el rosario. Deseando ser sacerdote, fué conducido al cura de Ecully para que le enseñara el latín. Mas como encontraba grandes dificultades en el estudio, marchó en peregrinación a pedir a S. Francisco Regis, en Louvesc, la gracia de aprender lo suficiente para ser sacerdote. En efecto, se ordenó presbítero en 1815 y fué nombrado vicario de Ecully. Permaneció allí unos tres años viviendo en medio de una gran austeridad.

Luego fué nombrado párroco de Ars donde encontró a unos vecinos poco cristianos a los que pronto convirtió, tanto por su caridad y penitencias he- roicas, como por su predicación. El demonio envidioso de un tal resultado, le persiguió de mil maneras. Pronto acudieron de todas partes a su confesonario muchedumbres de gentes que venían a buscar junto a él la luz de la gracia de la conversión.

Acabado por las fatigas murió el 4 de Agosto de 1859 a la edad de 73 años. San Pío X le beatificó en 1905 y le nombró patrono de todos los sacerdotes de Francia que tienen el cuidado de las almas y Pío XI le canonizó el 31 de Mayo de 1925.
LA CRUZ.
Pasaron ya los primeros años de tu ministerio de los que decías: «Esperaba de un momento a otro ser suspendido y condenado a terminar mis días en las prisiones.

En aquel tiempo se olvidaban de comentar el Evangelio en los púlpitos y se predicaba sobre el pobre cura de Ars. ¡Oh, cuánta cruz debía yo sobrellevar!… ¡Me abrumaba tanto que casi no lo podía soportar! Comencé a pedir el amor de las cruces; entonces fui feliz.»

Para ti ha terminado ya el trabajo; mas desde el seno de tu reposo escucha a los obreros de la salvación implorar tu patrocinio; sosténles en tu misión cada día más ingrata, más llena de amarguras.

A aquellos a quienes la paciencia amenaza doblegarse ante la persecución y las calumnias, repíteles las palabras que tu decías a uno de tus predecesores: «Amigo mío, haz como yo. Me enfadaría si Dios fuese ofendido; más por otra parte, me alegro en el Señor de todo aquello que él permite se diga contra mí, porque las condenaciones del mundo son bendiciones de Dios. Las contradicciones nos colocan al pie de las cruces y las cruces a la puerta del cielo. ¿Acaso el que huye de la cruz, no huye de Aquel que quiso ser clavado en ella y morir por nosotros? ¡Qué la cruz haga perder la paz! Es ella la que ha dado la paz al mundo, y la que debe llevarla a nuestros corazones.»
LA SANTIDAD.
Elevado a la Silla apóstolica en el día aniversario de tu entrada en la gloria, San Pío X que te insertó en el código de los Bienaventurados, escogió precisamente ese mismo día 4 de agosto para dirigir al clero católico la exhortación solemne que inspiraban a su corazón de Pontífice nuestros tiempos malvados y repletos de peligros.

Ayuda con tus súplicas ante el pie del trono del Señor las recomendaciones que el sucesor de Pedro sacaba de vuestro ejemplo, cuando decía a los sacerdotes:

«Sola la santidad puede hacer de nosotros lo que exige nuestra divina vocación, a saber, hombres crucificados al mundo y en los cuales esté crucificado el mismo mundo’, que no miran hacia el cielo más que en lo que Ies concierne, y no perdonan esfuerzos para llevar a los demás.»

Hombres de Dios ¿es necesario que se muestren únicamente aquellos que son la luz del mundo, la sal de la tierra, los embajadores de Aquel que se digna llamarles sus amigos, que les hace dispensadores de sus dones?

No serán ellos fuente de santidad como tienen que serlo para los demás, si en primer lugar no son ellos mismos santos en el secreto de la faz del Señor; en la medida en que ellos se den a Dios, Dios se dará por su medio al pueblo.

¡Oh, Juan María! Ojalá puedan decirse a sí mismos y decir a los demás contigo:

«Fuera de Dios, no hay nada que sea sólido. La vida pasa; la fortuna se derrumba; la salud se destruye, la reputación es atacada. Nosotros caminamos como el viento. El paraíso, el infierno y el purgatorio tienen un gusto anticipado desde esta vida. El paraíso reside en el corazón de los perfectos que están muy unidos con nuestro Señor; el infierno está en el de los impíos; y el purgatorio en las almas que no están muertas a ellas mismas.

El hombre ha sido creado para el amor: por eso está tan dispuesto para amar; por otra parte, es tan grande que nada puede contenerle sobre la tierra. No está contento mas que cuando se dirige hacia el cielo.»

Conclusión

La vida y vocación de San Juan María Vianney nos muestra la importancia del papel de los sacerdotes en la transformación espiritual de nuestras comunidades. San Vianney supo trascender sus limitaciones y sus humildes comienzos para convertirse en un sacerdote ejemplar que cambió su ciudad e incluso el mundo.

Su manera frontal y franca de abordar la verdad y hacerla prevalecer sin tapujos en sus impresionantes homilías lo ha hecho merecer ser proclamado el Santo Patrón de los Sacerdotes en la Iglesia universal, y confirmado como protector de los Sacerdotes de los últimos Tiempos en al apostolado de los sagrados corazones unidos de Jesús y María.

Oración

San Juan María Vianney, Cura de Ars, guía, inspira e intercede ante el Corazón Doloroso e Inmaculado de María para que nuestros sacerdotes de los Últimos Tiempos sean fieles a sus votos. Intercede en nombre de todos ellos. Ayúdalos a perseverar en una vida santa, sobre todo, haciendo penitencia por la conversión de su rebaño. Te lo pedimos con humildad. Toca el Doloroso e Inmaculado Corazón de María con nuestra súplica. Permanece atento a las necesidades de tus hermanos sacerdotes de los Últimos Tiempos. Intercede por todos ellos y ruega a Jesús, a través del Doloroso e Inmaculado Corazón de María que tus hermanos reciban el mayor regalo de todos, el regalo del amor.

Amén.

4 agosto 2016 - LLAMADO DE AMOR Y CONVERSIÓN DE SAN JUAN MARÍA VIANNEY

Queridos hermanos y hermanas, les invito a orar por los sacerdotes para que, con vuestras oraciones, los sacerdotes reciban ayuda y consuelo de parte de sus oraciones.

Mis queridos hermanos y hermanas, el Señor me ha escogido para ser el Santo Protector de los sacerdotes de estos Últimos Tiempos, que se han consagrado, no sólo como sacerdotes de los Últimos Tiempos, sino también como sacerdotes del Cordero de Dios que preparan el Triunfo del Cordero de Dios.

Mis queridos hermanos y hermanas, con vuestras oraciones ayuden a cada sacerdote de estos Últimos Tiempos. Y llénense, junto a ellos, del Fuego de un Nuevo Pentecostés.

El Santo Rosario y la Adoración Eucarística renovarán el mundo entero y prepararán para la Era de Paz y Amor de la Divina Voluntad.

Les entrego la Bendición de Cristo Sacerdote,

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Y yo, San Juan María Vianney ruego por todos los apóstoles de los Últimos Tiempos al Corazón Eucarístico de Jesús. Paz.