4 de marzo de 2026 – LLAMADO DE AMOR Y DE CONVERSIÓN DE LA SIERVA DE LA DIVINA VOLUNTAD LUISA PICCARRETA

4 de marzo de 2026 – LLAMADO DE AMOR Y DE CONVERSIÓN DE LA SIERVA DE LA DIVINA VOLUNTAD LUISA PICCARRETA

Adorado sea el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesucristo.

Él es el Cordero que vence1 y que reinará por los siglos de los siglos y, junto a la Reina Celestial, –el Corazón Doloroso e Inmaculado de María, la Mujer Vestida del Sol2– están reuniendo al ejército y al resto fiel. 

Estos, que son los hijos de la Mujer Vestida del Sol. Ustedes, apóstoles de sus Dos Corazones en estos Últimos Tiempos, que están llamados a extender con su vida y testimonio diario el Reino del Fiat Divino en medio de las criaturas y vestirse, como su Madre, también de sol3. Es decir, que la Alianza de los Dos Corazones Unidos dentro de ustedes, haciéndose vida, transforme sus actos, incluso los más humanos y ordinarios, en Sol de Divina Voluntad.

Mi pequeño hijo espiritual, junto al santo Padre Pío, yo, Luisa, la pequeña hija de la Divina Voluntad, te bendecimos como tus santos protectores.

La Alianza de los Dos Corazones se hace vida en los que con el corazón abierto dicen Fiat mihi.

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Ave María Purísima, sin pecado original concebida.

  1. Apocalipsis 17, 14 Estos harán la Guerra al Cordero, pero el Cordero, como es Señor de señores y    Rey de reyes, los vencerá en union con los suyos, los llamados, los elegidos y los fieles.
  2. Carta Encíclica Lumen Fidei. Papa Francisco. Capítulo 1, pág. 3.
  3. Dialogus cum Tryphone Iudaeo, 121, 2: PG 6, 758. 
  4. Clemente de Alejandría, Protrepticus, IX: PG 8, 195.

En el mundo pagano, hambriento de luz, se había desarrollado el culto al Sol, al Sol invictus, invocado a su salida. Pero, aunque renacía cada día, resultaba claro que no podía irradiar su luz sobre toda la existencia del hombre. Pues el sol no ilumina toda la realidad; sus rayos no pueden llegar hasta las sombras de la muerte, allí donde los ojos humanos se cierran a su luz. «No se ve que nadie estuviera dispuesto a morir por su fe en el sol», 1 decía san Justino mártir. Conscientes del vasto horizonte que la fe les abría, los cristianos llamaron a Cristo el verdadero sol, «cuyos rayos dan la vida». 2

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