Todos los Apóstoles de esta Obra deben ser consoladores de mi Corazón
Mi pequeña víctima, nunca se canse tu corazón de dar a la humanidad estos Últimos Llamados de Amor y Conversión que recibes de Nuestros Sagrados Corazones Unidos. Siempre el profeta será la voz en el desierto (Isaías 40,3), pero es en ese desierto donde mi Mamá Celestial, como lo dice el libro del Apocalipsis, está reuniendo a su resto fiel.
Este Apostolado de mi Sagrado Corazón debe ser un desierto; el oasis de este desierto es la Sagrada Eucaristía. El desierto representa el retiro, el silencio, la penitencia, el encuentro con Dios. También, por eso, mi Apostolado –en esta vida de penitencia y de sacrificio– es una cruzada permanente de reparación.
Apóstoles míos, les invito a contemplar mi Corazón traspasado, siempre ofreciéndose al Eterno Padre.
Mi Corazón busca consoladores que calmen mi sed. Todos los Apóstoles de esta Obra deben ser consoladores de mi Corazón sediento.
Queridos hijos, mi Apostolado es una Cruzada permanente de reparación y desagravio. Por eso, en estos Últimos Tiempos, por medio de mi Apostolado, he dado a todo el mundo los Primeros Miércoles, Primeros Jueves, Primeros Viernes, Primeros Sábados y, agrego por petición de mi Padre Eterno, los Primeros Domingos de reparación y expiación a Nuestros Sagrados Corazones y los primeros Domingos en reparación por la desobediencia y el rechazo al Padre de la Humanidad, mi Eterno Padre.
Los invito nuevamente y los exhorto como su Maestro a abrir el corazón y escucharme; y que su vida de cada día sea una ofrenda de reparación. Con el amor, con la humildad, con la oración, con la obediencia podrán hacer de sus vidas una ofrenda continua de reparación y desagravio.
Con amor misericordioso los bendigo.
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Ave María purísima, sin pecado original concebida.
