Adorado sea el Sagrado Corazón Eucarístico de mi Hijo Jesús.
Hijos, todos ustedes y cada uno son muy amados por la Santísima Trinidad[1], son una bella creación de Dios Padre Tierno y Misericordioso. Son almas redimidas por el Sagrado Corazón Eucarístico de mi Hijo Jesucristo. Y son santificadas en cada momento por Dios Espíritu Santo.
Son tan amados que mi Hijo Jesús fundó la Iglesia por ustedes, instituyó los sacramentos para su salvación y permanece todos los días en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.
Son tan amados que me envía a mí, su Madre del Cielo, a transmitirles las palabras del Corazón de mi Hijo a través de mis Llamados de Amor y de Conversión. Y son tan amados por Mí, su Mamá Celestial[2].
Como la Mujer Vestida del Sol, como la Virgen del Apocalipsis, como el Corazón Doloroso e Inmaculado de María, he venido a reunir a todos mis hijitos bajo mi manto de sol.
Hijos muy amados, les doy mi bendición maternal.
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Ave María Purísima, sin pecado original concebida.
[1] CCC 221: Pero san Juan irá todavía más lejos al afirmar: «Dios es Amor» (1 Jn 4, 8.16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo: Él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él.
[2] CARTA ENCÍCLICA REDEMPTORIS MATER DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
SOBRE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA EN LA VIDA DE LA IGLESIA PEREGRINA 42.
El Concilio Vaticano II, siguiendo la Tradición, ha dado nueva luz sobre el papel de la Madre de Cristo en la vida de la Iglesia. La Bienaventurada Virgen, por el don de la maternidad divina, con la que está unida al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias y dones, está unida también íntimamente a la Iglesia. La Madre de Dios es tipo de la Iglesia, a saber: en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo». Ya hemos visto anteriormente cómo María permanece, desde el comienzo, con los apóstoles a la espera de Pentecostés y cómo, siendo «feliz la que ha creído», a través de las generaciones está presente en medio de la Iglesia peregrina mediante la fe y como modelo de la esperanza que no desengaña (cf. Rom 5, 5).
María creyó que se cumpliría lo que le había dicho el Señor. Como Virgen, creyó que concebiría y daría a luz un hijo: el «Santo», al cual corresponde el nombre de «Hijo de Dios», el nombre de «Jesús» (Dios que salva). Como esclava del Señor, permaneció perfectamente fiel a la persona y a la misión de este Hijo. Como madre, «creyendo y obedeciendo, engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y esto sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu. Es honrada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles en todos sus peligros y necesidades acuden con sus súplicas». Este culto es del todo particular: contiene en sí y expresa aquel profundo vínculo existente entre la Madre de Cristo y la Iglesia. Como virgen y madre, María es para la Iglesia un «modelo perenne». Se puede decir, pues, que, sobre todo según este aspecto, es decir, como modelo o, más bien, como «figura», María, presente en el misterio de Cristo, está también constantemente presente en el misterio de la Iglesia. En efecto, también la Iglesia «es llamada madre y virgen», y estos nombres tienen una profunda justificación bíblica y teológica.
