Pequeño oblato, tú eres la nada de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Eres el alma que el Espíritu Santo y el Corazón Doloroso e Inmaculado de María han consagrado para Mí, tu Padre Tierno y Misericordioso. Y esta consagración no es por ningún mérito tuyo, sino por pura misericordia[1]. Por eso, esa consagración hace vivir plenamente tu bautismo, tu misión profética de anunciar los Últimos Llamados de Amor y de Conversión.
Estas revelaciones privadas están simbólicamente escritas en el libro de Apocalipsis. La Mujer Vestida del Sol revelando los gritos de parto y mi amadísimo Hijo Jesucristo llamando a la puerta de la humanidad, esperando que le abran. En estos dos misterios, pequeña, nada, encuentras el anuncio profético de los Últimos Llamados de Amor y de Conversión.
Hijo mío, vengo a renovar la devoción a los Sagrados Corazones Unidos de Jesús y de María y a establecerla de un modo eficaz por medio de esta Obra concreta –que es el Apostolado[2]— para la Iglesia y para la humanidad entera.
Dios, Padre Tierno y Misericordioso, pide a sus hijos que lo escuchen[3].
En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Ave María Purísima, sin pecado original concebida.
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[1] Tit 3,4-7
«Nos salvó, no por las obras de justicia que hubiéramos hecho, sino por su misericordia.»
[2] Mt 5,13-16
13 «Ustedes son la sal de la tierra. Mas si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada fuera y pisoteada por los hombres.
14 «Ustedes son la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. 15 tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. 16 Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los Cielos.
[3] CIC 142
La obediencia de la fe consiste en escuchar a Dios.
CIC 144
Abraham como modelo de escucha.
