Pequeña nada de nuestros Sagrados Corazones Unidos es edificante para ti y para tu misión que tengas el conocimiento y la gratitud de que el Espíritu Santo y el Corazón Doloroso e Inmaculado de mi Santa Mamá te consagraron como Oblato de la Santísima Trinidad y de los Tres Sagrados Corazones, por la Iglesia, por los pecadores y por el Reinado de los Dos Corazones en el mundo[1].
Y desde tu oblación, revelar esta espiritualidad de santidad, el Apostolado de los Sagrados Corazones Unidos de Jesús y de María, y, por medio de esta Obra de Misericordia y de Evangelización, anunciar al mundo las revelaciones privadas de nuestros últimos Llamados de Amor y de Conversión, y dar a conocer las oraciones de los Últimos Tiempos.
Pequeño Oblato anuncia el próximo Triunfo de la Mujer Vestida del Sol y mediante este Triunfo, el Reinado Eucarístico del Cordero de Dios.
Todos los que escuchen y vivan esta espiritualidad también son Oblatos de Nuestros Corazones Unidos[2].
Este carisma del Apostolado es una invitación a toda la humanidad.
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
[1] Lumen Gentium 34 — Los fieles ofrecen su vida como sacrificio espiritual unido a Cristo.
34. Dado que Cristo Jesús, supremo y eterno Sacerdote, quiere continuar su testimonio y su servicio por medio de los laicos, los vivifica con su Espíritu y los impulsa sin cesar a toda obra buena y perfecta.
Pues a quienes asocia íntimamente a su vida y a su misión, también les hace partícipes de su oficio sacerdotal con el fin de que ejerzan el culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hombres. Por lo cual los laicos, en cuanto consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, son admirablemente llamados y dotados, para que en ellos se produzcan siempre los más ubérrimos frutos del Espíritu. Pues todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso de alma y de cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (cf. 1 P 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor. De este modo, también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios.
[2] Juan 17, 21
“Que todos sean uno; como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.”
Ave María Purísima, sin pecado original concebida.
