29 de abril de 2026 – LLAMADO DE AMOR Y DE CONVERSIÓN DEL CASTO Y AMANTE CORAZÓN DE SAN JOSÉ

29 de abril de 2026 – LLAMADO DE AMOR Y DE CONVERSIÓN DEL CASTO Y AMANTE CORAZÓN DE SAN JOSÉ

Adoren, bendigan y alaben al Sagrado Corazón Eucarístico del Hijo de Dios. 

Para estos Últimos Tiempos están reservados los tesoros sin límites de la Divina Providencia1. Estos tesoros de misericordia, Dios Padre ha querido que se derramen en la humanidad entera y en la Iglesia Universal a través de los Tres Santos Corazones de la Sagrada Familia. 

Por lo tanto, los últimos tiempos están reservados a la Sagrada Familia. Y nuestros Tres Sagrados Corazones por voluntad de Dios Padre Tierno y Misericordioso, hemos entregado este carisma del Apostolado para que de una manera concreta, la Iglesia, la humanidad y todo corazón humano reciba, experimente y haga vida estos tesoros de Dios por medio de nuestros Tres Sagrados Corazones. 

Por eso, a través del Apostolado, las almas tienen un instrumento real para recibir el amor de nuestros Tres Corazones y consagrarse a Dios Padre Tierno y Misericordioso, por medio de nuestros Tres Corazones. Mi Casto y Amante Corazón es el custodio de los Dos Corazones de Jesús y de María, pero también es la puerta de todos los hombres a unirse a esta Alianza de Amor2

Les amo y les bendigo. 

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Ave María Purísima, sin pecado original concebida.


  1. Ef 1,9-10

Dándonos a conocer el misterio de su voluntad según el benevolente designio que en él propuso de antemano.

  • Exhortación apostólica Redemptoris Custos, 8. San Juan Pablo II: San José como guardián del Redentor;

8. San José ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente «ministro de la salvación». Su paternidad se ha expresado concretamente «al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio, al misterio de la encarnación y a la misión redentora que está unida a él; al haber hecho uso de la autoridad legal, que le correspondía sobre la Sagrada Familia, para hacerle don total de sí, de su vida y de su trabajo; al haber convertido su vocación humana al amor doméstico con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa».

La liturgia, al recordar que han sido confiados «a la fiel custodia de san José los primeros misterios de la salvación de los hombres», precisa también que «Dios le ha puesto al cuidado de su familia, como siervo fiel y prudente, para que custodiara como padre a su Hijo unigénito». León XIII subraya la sublimidad de esta misión: «El se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue custodio y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a su propio padre». 

Al no ser concebible que a una misión tan sublime no correspondan las cualidades exigidas para llevarla a cabo de forma adecuada, es necesario reconocer que José tuvo hacia Jesús «por don especial del cielo, todo aquel amor natural, toda aquella afectuosa solicitud que el corazón de un padre pueda conocer. 

Con la potestad paterna sobre Jesús, Dios ha otorgado también a José el amor correspondiente, aquel amor que tiene su fuente en el Padre, «de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra» (Ef 3, 15). 

En los Evangelios se expone claramente la tarea paterna de José respecto a Jesús. De hecho, la salvación, que pasa a través de la humanidad de Jesús, se realiza en los gestos que forman parte diariamente de la vida familiar, respetando aquella «condescendencia» inherente a la economía de la encarnación. Los Evangelistas están muy atentos en mostrar cómo en la vida de Jesús nada se deja a la casualidad y todo se desarrolla según un plan divinamente preestablecido. La fórmula repetida a menudo: «Así sucedió, para que se cumplieran…» y la referencia del acontecimiento descrito a un texto del Antiguo Testamento, tienden a subrayar la unidad y la continuidad del proyecto, que alcanza en Cristo su cumplimiento. 

Con la encarnación las «promesas» y las «figuras» del Antiguo Testamento se hacen «realidad»: lugares, personas, hechos y ritos se entremezclan según precisas órdenes divinas, transmitidas mediante el ministerio angélico y recibidos por criaturas particularmente sensibles a la voz de Dios. María es la humilde sierva del Señor, preparada desde la eternidad para la misión de ser Madre de Dios; José es aquel que Dios ha elegido para ser «el coordinador del nacimiento del Señor» aquél que tiene el encargo de proveer a la inserción «ordenada» del Hijo de Dios en el mundo, en el respeto de las disposiciones divinas y de las leyes humanas. Toda la vida, tanto «privada» como «escondida» de Jesús ha sido confiada a su custodia.

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